Desde España, Miguel Donayre Pinedo nos entregó Archipiélago de Sierpes (Tierra Nueva Editores, Iquitos 2009), la segunda novela de su trilogía El Insomnio del Perezoso. Ya desde el título, Donayre nos anuncia que la geografía de su historia abarcará Iquitos (¿Isla Grande?) y otros lugares que forman parte de este “archipiélago”, dibujando una convivencia entre roedores y culebras, sapos y sabandijas, como metáfora de algunas gentes de estos pagos.
Archipiélago de Sierpes nos presenta a Eduardo, joven periodista que llega al diario La Razón, donde le designan la sección cultural (cosa que finalmente no hace, en estos lares la cultura importa un pepino), allí en el interior conoce al “Masho”, encargado de los policiales; a Manuel, que ve el asunto deportivo; Dick, que se encarga de los chismes políticos y también está la secretaria Mercedes, prima del director del periódico. El director representa muy bien a los directores de los medios locales, es el caudillo, el que mete las narices en cada línea del periódico, el editor realmente, el que decide qué información sale o no, para su beneficio solamente.
La estructura narrativa se intercala entre el narrador-personaje Eduardo y la narración de Salomón Sotomayor (por momentos aparecen voces múltiples) político curtido, todo un dinosaurio, vencedor de grandes batallas. Sotomayor representa a ese político comodín pero persistente, que sabe pulsear por donde van las cosas, que sabe moverse entre sapos y culebras, es el típico dicharachero, el que está al acecho de su presa, el que conoce muy bien la psicología de los habitantes del archipiélago, el que sabe que con un poco de trago se “concientiza” a la gente, el que sabe que el “pueblo es de gestos, no de ideas”, pero también el que aclara “leemos periódicos y consultamos Internet, estamos al tanto de lo que sucede en otras partes del mundo, no somos analfabetos como piensan los intelectuales”.
La entrevista a este personaje es el eje central de la novela, pues Eduardo cansado de las mecidas del director (el suplemente cultural sólo salió dos veces) decide realizar entrevistas a connotadas personalidades, pero el pez gordo es Salomón (va en su búsqueda hasta Santa Rosa, una de las tantas “islas”), sabedor-testigo de la podredumbre de la política, y del manejo que se hace a la prensa, a la que desdeña, pues para Sotomayor “Nunca hubo buen periodismo en la isla, todos son unos marrulleros. Viven de las migajas que les arroja el poder. No hay periodista intachable en la isla, […] Están bañados en la misma caca”. Pero Eduardo tiene otra noción del periodismo “leía un libro sobre los crímenes del Putumayo […], en ese libro citan a un periodista de raza como fue Benjamín Saldaña, él denunció, ante el juez de turno del puerto al Presidente de la compañía y a los empleados de The Amazon, que en los fundos gomeros asesinaban impunemente a los indios de esa zona fronteriza”, aunque después la duda lo acecha frente al cuestionamiento de sus amigos “alguna gente retorcida duda que el periodista fuera tan honesto, sostienen que lo denunció porque no se dejó chantajear por el cauchero Arana, recuerda que todos comían de la mano de Arana. No quiero creer, no hay pruebas que digan eso de Saldaña. Mierda, si no, no tenemos un palo a que arrimarnos en el periodismo, estaríamos como puerto sin faro”.
Las líneas anteriores sirven para hablar sobre la realidad misma. Miguel Donayre es un conocedor nato sobre el tristísimo periodo del caucho, como muestra está su libro de no ficción Napoleón en la Floresta, donde en el primer capítulo hace un análisis a partir de las imágenes del libro El Proceso del Putumayo y sus Secretos Inauditos de Carlos Valcárcel, además su narrativa está impregnada de este tema, donde quiere dejar constancia que este periodo no debe repetirse y por lo tanto debe conocerse y debatirse.
Pero volviendo a Eduardo su crítica a la sociedad que lo circunda es lapidaria, y arremete contra todo lo que le parece injusto o fuera de lugar, ya lo dijimos anteriormente, contra los dueños de los medios, contra los periodistas mal informados y poco leídos, así como con los lectores de estos últimos “aquí en Isla Grande nadie lee diarios ni revistas ni novelas, les daba un serio dolor de cabeza. Leo y no retengo nada, se excusaban los redactores del diario ante una novela prestada de Coetzee”, la emprende contra los profesores que no van a laborar –cosa corriente en estas latitudes–, contra los motocarristas que hacen bulla que para qué te cuento, la emprende contra la cartelera local “En las salas de cine proyectan las aventuras de Schwarzenegger, Seven Segal y demás basuras”, curiosamente también la emprende contra los antropólogos “hasta los antropólogos se volvían en redomados urbanistas y hacen impúdicas cabriolas con la clase burguesa local jugando al tenis”.
Sin embargo no todo está perdido, ahí está el apartado dieciséis del libro (pp. 111-117) donde Eduardo –y quizá el mismo Miguel Donayre– hace una defensa cerrada de lo que debe ser el papel del escritor y el respeto a la literatura de estas tierras “A veces, leo gacetillas que lanzan duros dardos contra autores regionales […]. Me parece que son injustos […]. En mi opinión hubiera que premiar a los que están al pie de la máquina de escribir […]. No son aquellos que se refugian y alegan la excepcionalidad o singularidad amazónica, que con eso cubren su mediocridad. Ellos no”. Eduardo ve de cerca “escritores” de medio pelo que jamás leen, por eso pide con ahínco “seamos fieles a este oficio de aprendizajes y lecciones”.
La parte más floja de Archipiélago de Sierpes es el uso desmedido de términos de la península ibérica: chabola, follar, turra, entre otros; así como palabras que no son parte de nuestro patrimonio léxico; la duda es lo que traiciona a Donayre, pues se nota que al momento de narrar piensa en sus lectores españoles como en los lectores amazónicos, habría que recordarle a Miguel una cita de Mario Vargas Llosa cuando en un diálogo con José Miguel Oviedo dice “El español en el que escribo, a pesar de todos los años que llevo viviendo fuera del Perú, es el español peruano, es la variante peruana del español, es la que viene naturalmente a mi prosa a la hora de escribir” (tomado del libro Las Guerras de este Mundo, 2008), Donayre hace uso de un buen lenguaje, eso lo ha demostrado ya con su libro de cuentos Ocaso de los Delfines, así es que no tiene por qué hacer préstamos innecesarios. Otro punto débil tiene que ver con el narrador al momento de expresarse: pasa de un lenguaje culto a uno coprolálico, lo que origina un narrador no creíble.
Más allá de estos cuestionamientos, Miguel Donayre logra con Archipiélago de Sierpes una buena novela, pues está apartado del folclorismo propio de los escritores locales; además se lo puede considerar el primer autor que hace metaliteratura, de ahí que cuando cita escritores no es por gusto, sino que busca que su obra sea la que motive la lectura de escritores muchas veces desconocidos en la Amazonía: Roth, Auster, Carver, Coetzee entre otros. La lectura de su narrativa exige, además, que los lectores sean atentos, no propicia ni el facilismo ni la mediocridad en el lector.
La historia es otro soporte en su producción literaria, en 1991 Fernando Santos Granero decía “La reminiscencia constituye una segunda forma de búsqueda de la identidad regional, emparentada con la entrada histórica, pero centrada en la cotidianeidad. Los cuentos de M. Donayre, […] se ubican en esta perspectiva”. Dicho todo esto, no nos queda más que seguir leyendo a Donayre con fruición y avidez, porque algo terrible va a pasar.

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