viernes, 23 de marzo de 2012

ARCHIPIÉLAGO DE SIERPES

Desde España, Miguel Donayre Pinedo nos entregó Archipiélago de Sierpes (Tierra Nueva Editores, Iquitos 2009), la segunda novela de su trilogía El Insomnio del Perezoso. Ya desde el título, Donayre nos anuncia que la geografía de su historia abarcará Iquitos (¿Isla Grande?) y otros lugares que forman parte de este “archipiélago”, dibujando una convivencia entre roedores y culebras, sapos y sabandijas, como metáfora de algunas gentes de estos pagos.
Archipiélago de Sierpes nos presenta a Eduardo, joven periodista que llega al diario La Razón, donde le designan la sección cultural (cosa que finalmente no hace, en estos lares la cultura importa un pepino), allí en el interior conoce al “Masho”, encargado de los policiales; a Manuel, que ve el asunto deportivo; Dick, que se encarga de los chismes políticos y también está la secretaria Mercedes, prima del director del periódico. El director representa muy bien a los directores de los medios locales, es el caudillo, el que mete las narices en cada línea del periódico, el editor realmente, el que decide qué información sale o no, para su beneficio solamente.
La estructura narrativa se intercala entre el narrador-personaje Eduardo y la narración de Salomón Sotomayor (por momentos aparecen voces múltiples) político curtido, todo un dinosaurio, vencedor de grandes batallas. Sotomayor representa a ese político comodín pero persistente, que sabe pulsear por donde van las cosas, que sabe moverse entre sapos y culebras, es el típico dicharachero, el que está al acecho de su presa, el que conoce muy bien la psicología de los habitantes del archipiélago, el que sabe que con un poco de trago se “concientiza” a la gente, el que sabe que el “pueblo es de gestos, no de ideas”, pero también el que aclara “leemos periódicos y consultamos Internet, estamos al tanto de lo que sucede en otras partes del mundo, no somos analfabetos como piensan los intelectuales”.
La entrevista a este personaje es el eje central de la novela, pues Eduardo cansado de las mecidas del director (el suplemente cultural sólo salió dos veces) decide realizar entrevistas a connotadas personalidades, pero el pez gordo es Salomón (va en su búsqueda hasta Santa Rosa, una de las tantas “islas”), sabedor-testigo de la podredumbre de la política, y del manejo que se hace a la prensa, a la que desdeña, pues para Sotomayor “Nunca hubo buen periodismo en la isla, todos son unos marrulleros. Viven de las migajas que les arroja el poder. No hay periodista intachable en la isla, […] Están bañados en la misma caca”. Pero Eduardo tiene otra noción del periodismo “leía un libro sobre los crímenes del Putumayo […], en ese libro citan a un periodista de raza como fue Benjamín Saldaña, él denunció, ante el juez de turno del puerto al Presidente de la compañía y a los empleados de The Amazon, que en los fundos gomeros asesinaban impunemente a los indios de esa zona fronteriza”, aunque después la duda lo acecha frente al cuestionamiento de sus amigos “alguna gente retorcida duda que el periodista fuera tan honesto, sostienen que lo denunció porque no se dejó chantajear por el cauchero Arana, recuerda que todos comían de la mano de Arana. No quiero creer, no hay pruebas que digan eso de Saldaña. Mierda, si no, no tenemos un palo a que arrimarnos en el periodismo, estaríamos como puerto sin faro”.
Las líneas anteriores sirven para hablar sobre la realidad misma. Miguel Donayre es un conocedor nato sobre el tristísimo periodo del caucho, como muestra está su libro de no ficción Napoleón en la Floresta, donde en el primer capítulo hace un análisis a partir de las imágenes del libro El Proceso del Putumayo y sus Secretos Inauditos de Carlos Valcárcel, además su narrativa está impregnada de este tema, donde quiere dejar constancia que este periodo no debe repetirse y por lo tanto debe conocerse y debatirse.
Pero volviendo a Eduardo su crítica a la sociedad que lo circunda es lapidaria, y arremete contra todo lo que le parece injusto o fuera de lugar, ya lo dijimos anteriormente, contra los dueños de los medios, contra los periodistas mal informados y poco leídos, así como con los lectores de estos últimos “aquí en Isla Grande nadie lee diarios ni revistas ni novelas, les daba un serio dolor de cabeza. Leo y no retengo nada, se excusaban los redactores del diario ante una novela prestada de Coetzee”, la emprende contra los profesores que no van a laborar –cosa corriente en estas latitudes–, contra los motocarristas que hacen bulla que para qué te cuento, la emprende contra la cartelera local “En las salas de cine proyectan las aventuras de Schwarzenegger, Seven Segal y demás basuras”, curiosamente también la emprende contra los antropólogos “hasta los antropólogos se volvían en redomados urbanistas y hacen impúdicas cabriolas con la clase burguesa local jugando al tenis”.
Sin embargo no todo está perdido, ahí está el apartado dieciséis del libro (pp. 111-117) donde Eduardo –y quizá el mismo Miguel Donayre– hace una defensa cerrada de lo que debe ser el papel del escritor y el respeto a la literatura de estas tierras “A veces, leo gacetillas que lanzan duros dardos contra autores regionales […]. Me parece que son injustos […]. En mi opinión hubiera que premiar a los que están al pie de la máquina de escribir […]. No son aquellos que se refugian y alegan la excepcionalidad o singularidad amazónica, que con eso cubren su mediocridad. Ellos no”. Eduardo ve de cerca “escritores” de medio pelo que jamás leen, por eso pide con ahínco “seamos fieles a este oficio de aprendizajes y lecciones”.
La parte más floja de Archipiélago de Sierpes es el uso desmedido de términos de la península ibérica: chabola, follar, turra, entre otros; así como palabras que no son parte de nuestro patrimonio léxico; la duda es lo que traiciona a Donayre, pues se nota que al momento de narrar piensa en sus lectores españoles como en los lectores amazónicos, habría que recordarle a Miguel una cita de Mario Vargas Llosa cuando en un diálogo con José Miguel Oviedo dice “El español en el que escribo, a pesar de todos los años que llevo viviendo fuera del Perú, es el español peruano, es la variante peruana del español, es la que viene naturalmente a mi prosa a la hora de escribir” (tomado del libro Las Guerras de este Mundo, 2008), Donayre hace uso de un buen lenguaje, eso lo ha demostrado ya con su libro de cuentos Ocaso de los Delfines, así es que no tiene por qué hacer préstamos innecesarios. Otro punto débil tiene que ver con el narrador al momento de expresarse: pasa de un lenguaje culto a uno coprolálico, lo que origina un narrador no creíble.
Más allá de estos cuestionamientos, Miguel Donayre logra con Archipiélago de Sierpes una buena novela, pues está apartado del folclorismo propio de los escritores locales; además se lo puede considerar el primer autor que hace metaliteratura, de ahí que cuando cita escritores no es por gusto, sino que busca que su obra sea la que motive la lectura de escritores muchas veces desconocidos en la Amazonía: Roth, Auster, Carver, Coetzee entre otros. La lectura de su narrativa exige, además, que los lectores sean atentos, no propicia ni el facilismo ni la mediocridad en el lector.
La historia es otro soporte en su producción literaria, en 1991  Fernando Santos Granero decía “La reminiscencia constituye una segunda forma de búsqueda de la identidad regional, emparentada con la entrada histórica, pero centrada en la cotidianeidad. Los cuentos de M. Donayre, […] se ubican en esta perspectiva”. Dicho todo esto, no nos queda más que seguir leyendo a Donayre con fruición y avidez, porque algo terrible va a pasar.

viernes, 6 de enero de 2012

EL ESTANQUE DE MIGUEL DONAYRE

En el 2006 apareció la primera novela de Miguel Donayre Pinedo (Iquitos, 1962), con un nombre bastante llamativo Estanque de Ranas, editado por Tierra Nueva, obra que dio inicio a una trilogía (en lo que a narrativa corresponde el autor ya había publicado en el 2001 el libro de cuentos Ocaso de los Delfines).
Desde el título podemos ir dándonos cuenta que las ranas a que se refiere Donayre tienen muchos rostros y aristas ¿acaso se refiere a ese croar constante del Frente Patriótico?, pero donde estamos seguros es que la bulla perniciosa de la isla, ¿Iquitos?, no es más que la originada por los vehículos y por las fiestas sinfín que acechan al puerto, “soportaba estoicamente la murga urbana que estaba dispuesta a destrozar los tímpanos”, dice Álvaro el narrador personaje de la novela.
La novela está dividida en cuatro capítulos (si bien cada parte es independiente en relación a la otra, en conjunto tienen un sentido lógico): La búsqueda (Palimpsesto), Los (des) encuentros, Mitológicas y el último capítulo, que en realidad es un epílogo, Trópicos y humedades (otra vez las ranas). El libro se cierra con un estudio de Ana Varela.
En el primer capítulo aparece Álvaro, “abogado-literato […] rebuscador de fuentes históricas que sobrevive en un medio inhóspito para la investigación”, nos dice Ana Varela en el colofón del libro, puesto que Álvaro se dedica a remover en escombros las historias vetadas, las que no gustan porque “joden”.
Para comprender mejor el asunto debemos partir de lo siguiente: Álvaro, el personaje, es el alter ego de Miguel Donayre, el autor. Donayre tiene trabajos sobre el periodo del caucho, pero desde una óptica jurídica, ahí tenemos su libro Bonifacio Pizango, entre el descanso de purmas y la memoriosa memoria del tiempo, 1999, y otros escritos suyos que han ido apareciendo en  distintas revistas, donde da cuenta de esa búsqueda constante para encontrar nuevos datos, nuevas luces, es el palimpsesto que permite romper con lo establecido, la historia que es “posible volver a escribirla”, dice Percy Vílchez en una de las notas de su libro El Linaje de los Orígenes, 2001. Y es que Percy Vílchez es el mismo Percy de Estanque de Ranas, es la voz que le dice a Miguel-Álvaro, que siga en su camino, que eche diente a los veintitrés tomos de documentos coleccionados por un jurista distraído, es el mismo Percy que hizo que Miguel Donayre dijera en el prólogo de Bonifacio Pizango… “Su artículo ‘El confuso día D’ […] me hizo despertar de las humedades y de las sombras”, es el mismo Percy a quien le dedica su libro Napoleón en la Floresta “Para mi hermano Percy Vílchez”. Es que la obra de Miguel Donayre va junta a la de Vílchez, son las dos caras de una misma moneda, pues la relación de estos dos escritores no sólo es en el ámbito de la escritura sino en la más profunda amistad.
Pero también en Estanque… aparecen otros personajes cercanos al autor, la amiga directora de la revista Varadero  del personaje Álvaro no es otra que Ana Varela, una de las personas que se quedaría con parte de su biblioteca y por qué no mencionar a su amigo-asistente Gabriel García Villacrez.
El segundo capítulo está mejor logrado (en el anterior el narrador cae en el lugar común de repetir casi como una letanía sobre la investigación que realiza, eso lo vuelva plano y el discurso se lentifica) asistimos a la presencia del personaje indígena “civilizado” Carlos Quinto Nonuya, retrocedemos en el tiempo y nos ubicamos en el periodo del caucho. Donayre conoce bien el terreno, de ahí que la historia que nos cuenta Carlos Quinto es creíble, antiguo ayudante en una de las secciones de la Peruvian, fue parte de la carnicería que cometieron contra los indígenas del Putumayo. Pero la historia más llamativa es la del capitán huitoto Katenere, quien se reveló durante días vengando la muerte de su mujer y sus hijos, Carlo Quinto llegó a creer que perderían la batalla, finalmente, doblegaron al rebelde.
Aquí voy hacer  una digresión, el Katenere de la historia de Miguel Donayre es de origen huitoto, mientras el Katenere de Vargas Llosa en El Sueño del Celta es bora, los especialistas seguramente tendrán que dirimir sobre este asunto, pero la diferencia no queda ahí, en la novela de Vargas Llosa la rebelión duró dos años y su mujer sólo fue violada, en Estanque de Ranas la rebelión duró días, a raíz, como lo dije anteriormente, de la muerte de su mujer y sus hijos, aunque claro está, al escribir ficción todo es posible.
La historia de Carlos Quinto termina con su llegada a un leprosorio de la Amazonía, por este motivo me recuerda al personaje Fushía de La Casa Verde.
En el mismo capítulo está ‘Huellas digitales’, donde “Donayre rebusca en sus raíces indígenas, narra desde la oralidad como recurso vital de sus ancestros para relatar la historia”, nos dice Ana Varela en el estudio antes mencionado. En esta parte de la obra noto cierta influencia de El Hablador de Vargas Llosa. Según mi óptica este capítulo debió tener mayor extensión, pues la historia así lo requería.
El tercer capítulo parece ser contada por una mujer pero no es así (aquí Ana Varela da un traspié al decir que es una voz femenina quien cuenta la historia), en realidad es la voz del homosexual Doroteo Guerrero Minaya, y si uno llega a confundirse al inicio es porque la pericia de Donayre para narrar es magnífica. Es justamente por Doro (quien junto a su “amiga” Verita tenían un local que causó sensación “La balsa mágica”) que nos enteramos de los chismes más sonados en la isla sobre funcionarios, alcaldes, militares, periodistas..., de los grandes bacanales a que nos tienen acostumbrado ciertos personajes de la ínsula, ¿será que Donayre hace referencia a la época dorada del narcotráfico?
La novela se cierra, con palabras ya no de Álvaro sino de Miguel, con un diario. Miguel nos cuenta cosas más personales, el decidir si quedarse en la isla o partir a España, cosa que sí hizo, además está lo de su estancia en la península y su nueva forma de vida, como bien apunta un comentario en el diario Pro & Contra “el exilio voluntario no [lo] ha convertido en un desertor de las letras, un temprano jubilado de la escritura”, al contrario Donayre ha sumado a Estanque de Ranas, las novelas Archipiélago de Sierpes y El búho de Queen Gardens Street, novelas que espero reseñar en otra oportunidad.
En conclusión, esta novela está mejor parada en relación al Ocaso de los delfines (en el ámbito narrativo, claro está), donde sí debe hacerse una observación es en el aspecto del lenguaje, específicamente en la adecuación, puesto que el autor usa términos como: ordenador, librería de viejo, buhardilla, motel…, que no tienen nada que ver con el castellano nuestro. Más allá de estos detalles, es un gusto que un loretano como Miguel siga progresando cada día en beneficio de esta isla, tantas veces sumida en el desgano por la cultura. Hasta pronto.